Comparativa de 4 cuentos medievales 2 a 2
Los dos últimos son de Margarita de Navarra - escritora feminista del siglo XVI - que responde a los dos primeros (el primero es de Boccaccio y el segundo del Corbacho)
El de Boccaccio (del Decamerón):
Ahora leed (aunque estén en orden distinto) las versiones de los mismos cuentos de nuestra amiga Doña Margarita:
El de Boccaccio (del Decamerón):
JORNADA OCTAVA NOVELA OCTAVA
De dos amigos que siempre están juntos uno se acuesta con la
mujer del otro, este otro, apercibiéndose, de acuerdo con su mujer lo encierra
en un arcón sobre el cual, estando aquél dentro, con la mujer de él se acuesta.
Debéis, pues,
saber, que en Siena, como he oído decir, hubo dos jóvenes asaz acomodados y de
buenas familias plebeyas, de los cuales uno se llamaba Spinelloccio de Távena y
el otro Zeppa de Mino, y los dos eran vecinos en Cainollia . Estos dos jóvenes
siempre estaban juntos y, a lo que parecía se amaban como si fuesen hermanos o
más; y cada uno tenía por mujer a una muy hermosa. Ahora bien, sucedió que
yendo Spinelloccio muy frecuentemente a casa de Zeppa, estando allí Zeppa o sin
estar, de tal manera intimó con la mujer de Zeppa que comenzó a acostarse con
ella; y así continuaron durante bastante tiempo sin que nadie se apercibiese.
Pero al cabo, estando un día Zeppa en casa y no sabiéndolo su mujer,
Spinelloccio vino a buscarlo. La mujer dijo que no estaba en casa; con lo que
Spinelloccio, subiendo prestamente y encontrando a la mujer en la sala, y
viendo que nadie más había, abrazándola, comenzó a besarla, y ella a él. Zeppa,
que esto vio, no dijo palabra sino que se quedó escondido para ver a dónde
llegaba aquel juego; y en breve vio a su mujer y a Spinelloccio irse así
abrazados a la alcoba y encerrarse en ella; de lo que mucho se enfureció. Pero
sabiendo que ni por hacer un alboroto ni por otra cosa se aminoraría su ofensa,
sino que crecería el deshonor, se puso a pensar qué venganza podría tomar que,
sin divulgarse, tranquilizase a su ánimo. Y después de mucho pensar,
pareciéndole haber encontrado el modo, estuvo tanto tiempo escondido cuanto
Spinelloccio estuvo con su mujer; y en cuanto se hubo ido entró él en su
alcoba, donde encontró a su mujer que todavía no había terminado de colocarse
en la cabeza la toca, que jugueteando Spinelloccio le había desordenado; y
dijo:
_Mujer, ¿qué
haces?
A lo que la mujer
respondió:
_¿No lo ves?
Dijo Zeppa:
_Bien lo veo, ¡y
también he visto otra cosa que no querría! Y con ella empezó a hablar de las
cosas ocurridas; y ella, con grandísimo temor, después de mucho darle vueltas,
habiéndole confesado lo que claramente negar no podía de su intimidad con Spinelloccio,
llorando comenzó a pedirle perdón. A quien Zeppa dijo:
_Mira, mujer, has
hecho mal; y si quieres que te lo perdone piensa en hacer obedientemente lo que
voy a ordenarte, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que mañana por la
mañana hacia la hora de tercia encuentre alguna razón para separarse de mí y
venir contigo; y cuando esté aquí, yo volveré, y al oírme, hazlo meterse en
este arcón y enciérralo dentro; luego, cuando hayas hecho esto, te diré lo
demás que tienes que hacer; y en hacer esto no tengas ningún temor porque te
prometo que no le haré ningún mal.
La mujer, por satisfacerle, dijo que lo haría; y así lo
hizo. Llegado el día siguiente, estando Zeppa y Spinelloccio juntos, hacia la
hora de tercia, Spinelloccio, que había prometido a la mujer ir a verla a
aquella hora, dijo a Zeppa:
_Esta mañana
tengo que ir a almorzar con un amigo a quien no quiero hacer esperar, así que
quédate con Dios.
Dijo Zeppa:
_Todavía no es
hora de almorzar hasta dentro de un rato.
Spinelloccio dijo:
_No importa;
tengo también que hablar con él de un asunto mío; de manera que me conviene
estar temprano.
Separándose,
pues, Spinelloccio de Zeppa, dando una vuelta, se fue a su casa con su mujer; y
había acabado de entrar en la alcoba cuando Zeppa volvió; el cual, al sentirlo
la mujer, mostrándose muy miedosa, le hizo meterse en el arcón que su marido le
había dicho, y lo encerró dentro y salió de la alcoba. Zeppa, llegando arriba,
dijo:
_Mujer, ¿es hora
de almorzar?
La mujer
respondió:
_Si, ya es.
Dijo entonces
Zeppa:
_Spinelloccio ha
ido a almorzar con un amigo suyo y ha dejado sola a su mujer; asómate a la
ventana y llámala, y dile que venga a almorzar con nosotros.
La mujer,
temiendo por ella misma, y por eso muy obediente, hizo lo que el marido le
ordenaba. La mujer de Spinelloccio, rogándoselo mucho la mujer de Zeppa, vino
allí al oír que su marido no venía a almorzar; y cuando ella hubo llegado,
Zeppa, haciéndole grandes halagos y cogiéndola familiarmente por la mano, mandó
en voz baja a su mujer que se fuese a la cocina, y a ella se la llevó a la
alcoba; y cuando estuvo allí quedándose atrás, cerró la alcoba por dentro.
Cuando la mujer le vio cerrar la alcoba por dentro, dijo:
_¡Ay, Zeppa!, ¿qué
quiere decir esto? ¿Éste es el amor que tenéis a Spinelloccio y la leal
compañía que me hacéis?
A quien Zeppa,
acercándose al arcón donde estaba encerrado su marido y agarrándola bien, dijo:
_Señora, antes de
quejarte, escucha lo que voy a decirte: yo he amado y amo a Spinelloccio como a
un hermano; y ayer, sin saberlo él, me encontré con que la confianza que yo
tenía en él había llegado a que él con mi mujer se acuesta como lo hace
contigo; ahora bien, como le amo, no entiendo tomar otra venganza contra él
sino la que iguale a la ofensa: él hatenido a mi mujer y yo entiendo tenerte a
ti. Si tú no quieres, tendré que cogerlo en ello y como no pienso dejar esta
ofensa sin castigo, le daré uno con el que ni tú ni él estaréis nunca
contentos.
La mujer, al oír
esto, y luego de muchas confirmaciones que le dio Zeppa, creyéndole, dijo:
_Zeppa mío,
puesto que esta venganza debe caerme encima, estoy contenta de ello, siempre
que hagas que esto que debemos hacer no me enemiste con tu mujer tal como yo
espero seguir en paz con ella a pesar de lo que me ha hecho.
A quien Zeppa
contestó:
_Con seguridad
eso haré; y además de ello te daré una joya tan hermosa y preciada como ninguna
otra tienes.
Y dicho esto,
abrazándola y comenzando a besarla, la echó sobre el arcón donde estaba
encerrado su marido, y allí encima, cuanto le plugo se solazó con ella y ella
con él. Spinelloccio, que en el arcón estaba y había oído todas las palabras
dichas por Zeppa y la respuesta de su mujer, y luego había sentido la danza
trevisana que le bailaban sobre la cabeza, durante un rato grandísimo sintió
tal dolor que le parecía morir; y si no fuese porque temía a Zeppa, le habría
gritado a su mujer un gran insulto, así encerrado como estaba. Luego, pensando
mejor que la injuria la había empezado él y que Zeppa tenía razón en hacerle lo
que le hacía y que hacia él se había comportado humanamente y como amigo, se
dijo a sí mismo que debía ser más amigo que nunca de Zeppa, si éste quería.
Zeppa, después de estar con la mujer cuanto quiso, bajó del arcón, y pidiéndole
la mujer la joya prometida abriendo la alcoba, hizo venir a su mujer, la cual
no dijo otra cosa sino:
_Señora me habéis
dado un pan por unas tortas _y lo dijo riéndose_. A quien Zeppa dijo:
_Abre ese arcón
_y ella lo hizo; dentro del cual enseñó a la señora a su Spinelloccio. Y largo
sería de decir cuál de los dos se avergonzó más, si Spinelloccio viendo a Zeppa
y sabiendo que sabía lo que él había hecho, o la mujer viendo a su marido y
conociendo que él había oído y sentido lo que le había hecho sobre la cabeza.
A la cual dijo
Zeppa:
_Aquí está la joya
que te doy.
Spinelloccio,
saliendo del arcón, sin gastar muchas palabras, dijo:
_Zeppa, estamos
igualados, y por ello está bien, como le decías antes a mi mujer, que sigamos
siendo amigos como solíamos: y no teniendo entre nosotros nada que no sea común
sino las mujeres, que también las mujeres compartamos.
Zeppa estuvo
contento, y en la mayor paz del mundo almorzaron los cuatro juntos; y de
entonces en adelante cada una de aquellas mujeres tuvo dos maridos y cada uno
de ellos tuvo dos mujeres sin que tuvieran nunca ninguna discusión ni enfado
por aquello.
El de El Corbacho (Arcipreste de Talavera):
[Ejemplo 5]
Una mujer tenía un hombre en su casa, y sobrevino su marido
y húbole de esconder tras la cortina. Y cuando el marido entró dijo: «¿Qué
haces, mujer?». Respondió: «Marido, siéntome enojada». Y asentose el marido en
el banco delante la cama, y dijo: «Dame a cenar». Y el otro que estaba
escondido, no podía ni osaba salir. E hizo la mujer que entraba tras la cortina
a sacar los manteles, y dijo al hombre: «Cuando yo los pechos pusiere a mi
marido delante, sal, amigo, y vete». Y así lo hizo. Dijo: «Marido, no sabes
cómo se ha hinchado mi teta, y rabio con la mucha leche». Dijo: «Muestra,
veamos». Sacó la teta y diole un rayo de leche por los ojos que lo cegó del
todo, y en tanto el otro salió. Y dijo: «¡Oh hija de puta, cómo me escuece la
leche!». Respondió el otro que se iba: «¿Qué debe hacer el cuerno?». Y el
marido, como que sintió ruido al pasar y como no veía, dijo: «¿Quién pasó ahora
por aquí? Pareciome que hombre sentí».
Dijo ella: «El gato, cuitada, es que me lleva la carne». Y
dio a correr tras el otro que salía, haciendo ruido que iba tras el gato, y
cerró bien su puerta y tornose, corrió y halló su marido, que ya bien veía, mas
no el duelo que tenía. Pues así acostumbran las mujeres sus mentiras esforzar
con arte.
Ahora leed (aunque estén en orden distinto) las versiones de los mismos cuentos de nuestra amiga Doña Margarita:
NARRACIÓN VI
SUTILEZA DE UNA MUJER QUE HIZO EVADIRSE A SU AMIGO CUANDO
SU. MARIDO, QUE ERA TUERTO, IBA A SORPRENDERLES
Hubo una vez cierto mayordomo de Carlos, el último duque de
Alensón, que había perdido un ojo y estaba casado con una mujer mucho más joven
que él, y a quien su señor y su señora amaban tanto como merecía por el puesto
que ocupaba en su casa; y no podía ir, tan frecuentemente como hubiera querido,
a ver a su mujer. Esto dio ocasión a que ella olvidara su honor y su conciencia
y se enamorase de un hidalgo, amores que a la larga hicieron tanto ruido que el
marido acabó por enterarse, pero no podía creerlo por las grandes muestras de
afecto con que su esposa lo recibía. Aún así, un día, pensó que debía hacer una
prueba y vengarse, si podía, de quien le hacía tal afrenta. Para conseguirlo
fingió que se iba a cierto lugar próximo para dos o tres días. Creyéndose que
había ido, su mujer envió a buscar a su amante, y no habría pasado ni media
hora cuando llegó su marido, que llamó fuerte a la puerta. Ella, conociéndole,
advirtió a su amante, que hubiera querido estar en el vientre de su madre y que
maldecía de ella y del amor, que le habían colocado en semejante peligro.
Aquélla le pidió que no se preocupase y que ella encontraría el modo de hacerle
salir sin vergüenza ni daño y que se vistiese lo más rápidamente posible.
Mientras tanto, el marido llamaba a la puerta y gritaba tan
alto como podía. Ella fingía que no le conocía y gritaba al criado: "¿Por
qué no os levantáis y vais a hacer callar a los que llaman a la puerta? ¿Son
éstas, horas para venir a molestar a casa de gentes de bien? ¡Si mi marido
estuviera aquí ya os guardarías!" El marido, al oír la voz de su mujer la
llamó lo más alto que pudo: "Esposa mía, abridme. ¿Me vais a hacer
permanecer aquí hasta el amanecer?" Y cuando vio que su amigo estaba en
condiciones de salir, abrió la puerta y empezó a decir a su marido: "¡Oh
esposo mío!, qué contenta estoy de que hayáis venido; estaba soñando algo
maravilloso como no se puede imaginar. Soñaba que habías recuperado la vista de
vuestro ojo". Y abrazándolo y besándolo lo cogió por la cabeza y tapó el
ojo bueno mientras le preguntaba: " ¿No , veis mejor que de
costumbre?" Y mientras no veía ni gota hizo salir a su amigo, lo que el
marido sospechó y le dijo sin poderse contener: "Mujer, nunca más estaré a
tu acecho, pues queriendo engañarte he recibido el engaño más fino que nunca se
ha inventado. Dios quiera castigarte, pues no hay hombre que pueda dar órdenes
a la malicia de una mujer si no es matándola. Pero ya que el buen trato que te
he dado no ha podido servir para tu enmienda, puede ser que el despecho que te
demostraré de hoy en adelante te castigará". Y diciendo esto se fue y dejó
a su mujer muy desolada. Mas después, por oficios de parientes, amigos, excusas
y lágrimas, aún volvió a su casa junto a ella "Por todo lo cual podéis
ver, señoras mías, cuán pronta y sutil es una mujer cuando se trata de escapar
de un peligro. y si para encubrir un mal encuentra remedio con tanta prontitud,
para evitarlo o para hacer algún bien, su espíritu sería aún más sutil: porque
el buen espíritu, como siempre oí decir, es el más fuerte".
NARRACIÓN III
DE COMO EL REY DE NÁPOLES.
DESPUÉS DE ABUSAR DE LA MUJER DE UN HIDALGO, LLEVA LUEGO EL MISMO LOS
CUERNOS
-Señoras _dijo Saffredant
-, dado que me siento envidiado compañero de fortuna de aquél cuya
historia quiero contaros, diré que, en la villa de Nápoles, en tiempos del rey
Alfonso, cuya lascivia era el espectáculo de su reinado, había un hidalgo, tan
honrado, apuesto y agradable, que por sus perfecciones un anciano caballero le
otorgara a su hija, que en nada desmerecía de su marido por su belleza y buenas
prendas. El cariño entre ambos era grande, hasta un día de carnaval en que el
rey fue, vestido de máscara, por las casas, esforzándose todos por hacerle la
mejor acogida posible. Y cuando llegó a la de nuestro hidalgo, aún fue
agasajado mejor que en ningún otro lugar, tanto en confituras como en canciones
y disfrutó de la compañía de la más bella mujer que el rey había visto hasta
entonces. Y, al fin del festín, cantó con su marido una canción con tal gracia,
que su belleza aumentó. El rey, viendo dos perfecciones en un cuerpo, no halló
placer en el dulce acuerdo que existía entre ambos esposos, sino que dio en
pensar cómo podría romperlo. Y la dificultad que encontraba era el gran cariño
que veía entre los dos. Por lo que conservó esta pasión en su corazón lo más
encubierta posible. Pero, alimentándola en parte, mandó hacer fiestas a todos
los caballeros y damas de Nápoles, en las que no eran olvidados el hidalgo y su
mujer. Y como quiera que el hombre cree gustoso lo que quiere creer, al rey le
pareció que la dama le miraría con mejores ojos si la presencia del marido no
pusiera impedimentos. Y, para comprobar si su pensamiento era cierto, envió al
marido en comisión a un viaje a Roma para unos quince días o unas tres semanas.
Y así que estuvo fuera, su mujer, que hasta entonces no se separara de él,
manifestó una gran pesadumbre, de la que fue consolada por el rey con la mayor
asiduidad posible, con sus dulces persuasiones, con presentes y regalos, de
manera que no sólo se sintió consolada, sino incluso contenta de la ausencia de
su marido; y antes de trascurridas tres semanas en que éste debería estar de
regreso, tan enamorada estuvo del rey que lamentaba el regreso de su marido
tanto como lamentó la ida. Y, no queriendo perder el favor del rey, entre ambos
acordaron que cuando su marido fuera a sus fincas campesinas, ella lo haría
saber al rey, que seguramente podría ir a verla en secreto de modo que el
hombre (a quien ella temía más que a su propia conciencia), no se sintiera
herido. En esta esperanza se mantuvo contenta la dama; y cuando su marido
llegó, le dispensó tan buena acogida que, por mucho que él había escuchado
durante su ausencia que el rey la requería, no pudo llegar a creerlo. Mas, al
paso del tiempo, este fuego tan difícil de ocultar comenzó poco a poco a
mostrarse, de modo que el marido bien pronto se malició la verdad y se mantuvo
al acecho hasta que estuvo con- vencido. Pero, en el temor de que aquel que lo
injuriaba no le hiciera mayor mal, se hizo el desentendido, forzándose a disimular,
ya que estimaba en más vivir mohíno que arriesgar su vida por una mujer que tan
poco lo amaba.
No obstante, en su despecho, pensó devolver la moneda al
rey, si ello le era posible, y sabiendo que el amor asalta principalmente a
aquellas personas que tienen el corazón grande y generoso, tuvo la audacia un
día, hablando con la reina. de decirle que sentía gran pesar de ver que no era
amada por su marido todo lo que ella merecía. La reina, que oyera hablar de la
amistad entre el rey y su mujer, le contestó: "No puedo tener el honor y
el placer al mismo tiempo; sé bien que tengo el honor, y en esto reside mi
placer; en cambio, aquella que tiene el placer, no tiene el honor que yo
tengo". El, que bien supo a quien se referían sus palabras, respondió:
"Señora, el honor ha nacido con vos, que sois de casa principal, y ni
siquiera siendo reina o emperatriz se podría aumentar vuestra nobleza; pero
vuestra belleza, gracia y honestidad son tan de estimar que, quien quiera que
os arrebata lo que os pertenece comete mayor falta que vos; porque, por una
gloria que torna en vergüenza pierde todo el placer que vos o cualquier dama de
este reino pudiera tener; y puedo deciros, señora, que si el rey no portara la
corona sobre su cabeza, bien seguro que no tendría ninguna ventaja sobre mí
para contentar a mujer alguna; y estoy cierto de que para satisfacer a tan
honorable persona como vos sois, bien quisiera él cambiar la constitución de
su. cuerpo por la del mío". La reina, riendo, le respondió: "Por más
que el rey sea de -complexión más delicada que vos, el amor que le tengo me
contenta tanto que lo prefiero a ninguna otra cosa". El hidalgo le dijo:
"Señora, si fuera así, no me tendríais piedad, porque bien sé el contento
que tan honesto amor produciría a vuestro corazón si encontrara en el rey un
amor semejante; pero Dios os tiene bien guardada a fin de que, no encontrando
en aquél lo que pedís, no hagáis de él un dios en la tierra". "Os
confieso - respondió la reina - que el amor que le profeso es tan grande que en
ningún corazón que no fuera el mío se podría encontrar otro semejante".
"Perdonad, señora - contestó el hidalgo -, pero vos no habéis sondeado el
amor en todos los corazones y yo puedo aseguraros que hay quien os ama tanto,
con un amor tan gran- de y tan insufrible, que no desmerecería junto al que vos
sentís; y tanto más crece y aumenta cuando ve el amor que os asalta por el rey
que, si vos lo quisierais, os compensaría de todas vuestras pérdidas". La
reina, tanto por sus palabras como por su continente, comenzó a darse cuenta de
que lo que decía nacía del fondo de su corazón, y a recordar que desde hacía
tiempo buscaba él ponerse a su servicio con tal afición que había llegado a
estar melancólico; y lo que ella pensara con anterioridad era a cuenta de su
mujer, creía ahora firmemente era por amor de ella misma. Y de esta forma, la
virtud del amor, que se deja sentir cuando no es fingido, le dio la certeza de
lo que estaba oculto para todo el mundo. Y mirando al hidalgo, que era bastante
más amable que su marido, y viendo que estaba tan desasistido de su mujer como
ella. del rey, presa de despecho y celos de su marido y sintiendo inclinación
por el amor del hidalgo, comenzó a decir, suspirando y con lágrimas en los
ojos: "¡Dios mío! ¡Tendría que ser la venganza la que consiguiera de mí lo
que ningún amor pudo hacer! " El hidalgo, comprendiendo el sentido de sus
palabras, respondió: "Señora, la venganza es dulce para quien, en lugar de
dar muerte a su enemigo, da vida al perfecto amigo. Me parece que es tiempo que
la verdad os haga desechar el fútil amor que profesáis a quien no os ama, y un
amor justo y razonable expulse de vos el temor, que nunca se debe dar en un
corazón grande y virtuoso. ¡Ea!, pues, señora, dejemos a un lado nuestra
condición y consideremos que somos el hombre y la mujer más burlados del mundo,
y traicionados por aquellos a quienes más entrañablemente amábamos. Tomemos la
revancha, señora, no tanto por darles lo que merecen como por satisfacer al
amor, que por lo que a mí respecta no puedo soportar más sin morir de él. Y
pienso que, a no ser que tengáis el corazón más duro que guijarro o diamante
alguno, es imposible que no advirtáis ninguna chispa del fuego que crece en mí,
por más que quisiera disimularlo. Y si vuestra piedad por mí, que muero por
vuestro amor, no os incita a amarme, al menos la de vos misma os debe violentar
el que, siendo tan perfecta y merecedora de poseer el corazón de todos los
hombres honestos del mundo, seáis despreciada y abandonada de aquél por quien
habéis desdeñado a todos los demás". La reina, al oír estas palabras, se
sintió tan enajenada que, miedosa de mostrar por su continente la turbación de
su espíritu, y apoyándose en el brazo del hidalgo, fue a un jardín cercano a su
cámara, donde paseó largo tiempo sin poderle decir palabra. Pero el hidalgo,
viéndola medio vencida, cuando estuvieron al otro extremo de la avenida, donde
nadie podía verlos, le declaró finalmente el amor que durante tanto tiempo
ocultara; y, consintiendo los dos en él, gozaron de la venganza, de la que
fuera nacida su pasión. Y allí decidieron que, siempre que él fuera a sus
alquerías y el rey desde su castillo a la ciudad, volvería él a encontrarse con
la reina; así, engañando a los burladores, se reían cuatro participando en el
placer que dos querían tener para ellos solos. Hecho el acuerdo, regresaron, la
dama a su habitación y el caballero a su casa, ambos con tal contento que
olvidaron todas sus penas pasadas. Y del temor que tenían cada uno de ellos de
la cita entre el rey y la dama, se tomó en deseo, que hacía ir al hidalgo, más
a menudo de lo que tenía por costumbre, a su alquería, que no llegaba a distar
media legua. Y así que el rey lo sabía no dejaba de ir a ver a la dama,
mientras que el hidalgo, en llegando la noche, se dirigía al castillo a hacer
junto a la reina las veces del rey, tan secretamente que nunca se apercibiera
nadie de ello.
Esta vida duró largo tiempo; pero el rey, siendo personaje
público, no podía disimular tan bien su amor de forma que nadie se enterara. Y
todas las gentes de la comarca hacía cuernos a sus espaldas, en señal de burla,
de lo cual bien que se daba cuenta. Pero esta burla le placía de tal forma que
llegó a estimar los cuernos tanto como la corona del rey, el cual, junto con la
mujer del hidalgo, viendo un día una cabeza de ciervo colocada en casa de
aquél, no pudo contener la risa delante de él, diciendo que aquélla adornaba
mucho en aquella casa. El hidalgo, que no tenía mejor entraña que él, vino a
escribir sobre la cabeza: " lo porto le corna, ci ascun lo vede; ma talle
porta chi no lo crede". El rey, cuando en otra ocasión volvió a la casa, encontró
la leyenda recientemente escrita, y preguntó al hidalgo su significado,
diciéndole éste: "Si el secreto del rey está oculto al ciervo, no hay
razón para que el del ciervo sea conocido del rey. Pero contentaos con saber
que no todos los que llevan cuernos van sin birrete en la cabeza, que algunos
son tan tiernos que no destocan a nadie , y hay quien los lleva con tanta
holgura que no le importa tenerlos". El rey supo inferir de estas palabras
que aquél conocía algo de su asunto, pero nunca sospechó de la amistad entre la
reina y él, con lo que la reina tanto más contenta estaba de la vida de su
marido cuanto más fingía estar triste.
Y así vivieron largamente de una y otra parte en amor y
compañía, hasta que la vejez vino a poner orden en todo ello.
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