Comparativa de 4 cuentos medievales 2 a 2

Los dos últimos son de Margarita de Navarra - escritora feminista del siglo XVI - que responde a los dos primeros (el primero es de Boccaccio y el segundo del Corbacho)

El de Boccaccio (del Decamerón):

JORNADA OCTAVA NOVELA OCTAVA

De dos amigos que siempre están juntos uno se acuesta con la mujer del otro, este otro, apercibiéndose, de acuerdo con su mujer lo encierra en un arcón sobre el cual, estando aquél dentro, con la mujer de él se acuesta.

    Debéis, pues, saber, que en Siena, como he oído decir, hubo dos jóvenes asaz acomodados y de buenas familias plebeyas, de los cuales uno se llamaba Spinelloccio de Távena y el otro Zeppa de Mino, y los dos eran vecinos en Cainollia . Estos dos jóvenes siempre estaban juntos y, a lo que parecía se amaban como si fuesen hermanos o más; y cada uno tenía por mujer a una muy hermosa. Ahora bien, sucedió que yendo Spinelloccio muy frecuentemente a casa de Zeppa, estando allí Zeppa o sin estar, de tal manera intimó con la mujer de Zeppa que comenzó a acostarse con ella; y así continuaron durante bastante tiempo sin que nadie se apercibiese. Pero al cabo, estando un día Zeppa en casa y no sabiéndolo su mujer, Spinelloccio vino a buscarlo. La mujer dijo que no estaba en casa; con lo que Spinelloccio, subiendo prestamente y encontrando a la mujer en la sala, y viendo que nadie más había, abrazándola, comenzó a besarla, y ella a él. Zeppa, que esto vio, no dijo palabra sino que se quedó escondido para ver a dónde llegaba aquel juego; y en breve vio a su mujer y a Spinelloccio irse así abrazados a la alcoba y encerrarse en ella; de lo que mucho se enfureció. Pero sabiendo que ni por hacer un alboroto ni por otra cosa se aminoraría su ofensa, sino que crecería el deshonor, se puso a pensar qué venganza podría tomar que, sin divulgarse, tranquilizase a su ánimo. Y después de mucho pensar, pareciéndole haber encontrado el modo, estuvo tanto tiempo escondido cuanto Spinelloccio estuvo con su mujer; y en cuanto se hubo ido entró él en su alcoba, donde encontró a su mujer que todavía no había terminado de colocarse en la cabeza la toca, que jugueteando Spinelloccio le había desordenado; y dijo:

     _Mujer, ¿qué haces?

     A lo que la mujer respondió:

     _¿No lo ves?

     Dijo Zeppa:

     _Bien lo veo, ¡y también he visto otra cosa que no querría! Y con ella empezó a hablar de las cosas ocurridas; y ella, con grandísimo temor, después de mucho darle vueltas, habiéndole confesado lo que claramente negar no podía de su intimidad con Spinelloccio, llorando comenzó a pedirle perdón. A quien Zeppa dijo:

     _Mira, mujer, has hecho mal; y si quieres que te lo perdone piensa en hacer obedientemente lo que voy a ordenarte, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que mañana por la mañana hacia la hora de tercia encuentre alguna razón para separarse de mí y venir contigo; y cuando esté aquí, yo volveré, y al oírme, hazlo meterse en este arcón y enciérralo dentro; luego, cuando hayas hecho esto, te diré lo demás que tienes que hacer; y en hacer esto no tengas ningún temor porque te prometo que no le haré ningún mal.

La mujer, por satisfacerle, dijo que lo haría; y así lo hizo. Llegado el día siguiente, estando Zeppa y Spinelloccio juntos, hacia la hora de tercia, Spinelloccio, que había prometido a la mujer ir a verla a aquella hora, dijo a Zeppa:

     _Esta mañana tengo que ir a almorzar con un amigo a quien no quiero hacer esperar, así que quédate con Dios.

     Dijo Zeppa:

     _Todavía no es hora de almorzar hasta dentro de un rato.

     Spinelloccio dijo:

     _No importa; tengo también que hablar con él de un asunto mío; de manera que me conviene estar temprano.

     Separándose, pues, Spinelloccio de Zeppa, dando una vuelta, se fue a su casa con su mujer; y había acabado de entrar en la alcoba cuando Zeppa volvió; el cual, al sentirlo la mujer, mostrándose muy miedosa, le hizo meterse en el arcón que su marido le había dicho, y lo encerró dentro y salió de la alcoba. Zeppa, llegando arriba, dijo:

    _Mujer, ¿es hora de almorzar?

     La mujer respondió:

     _Si, ya es.

     Dijo entonces Zeppa:

     _Spinelloccio ha ido a almorzar con un amigo suyo y ha dejado sola a su mujer; asómate a la ventana y llámala, y dile que venga a almorzar con nosotros.

     La mujer, temiendo por ella misma, y por eso muy obediente, hizo lo que el marido le ordenaba. La mujer de Spinelloccio, rogándoselo mucho la mujer de Zeppa, vino allí al oír que su marido no venía a almorzar; y cuando ella hubo llegado, Zeppa, haciéndole grandes halagos y cogiéndola familiarmente por la mano, mandó en voz baja a su mujer que se fuese a la cocina, y a ella se la llevó a la alcoba; y cuando estuvo allí quedándose atrás, cerró la alcoba por dentro. Cuando la mujer le vio cerrar la alcoba por dentro, dijo:

    _¡Ay, Zeppa!, ¿qué quiere decir esto? ¿Éste es el amor que tenéis a Spinelloccio y la leal compañía que me hacéis?

     A quien Zeppa, acercándose al arcón donde estaba encerrado su marido y agarrándola bien, dijo:

     _Señora, antes de quejarte, escucha lo que voy a decirte: yo he amado y amo a Spinelloccio como a un hermano; y ayer, sin saberlo él, me encontré con que la confianza que yo tenía en él había llegado a que él con mi mujer se acuesta como lo hace contigo; ahora bien, como le amo, no entiendo tomar otra venganza contra él sino la que iguale a la ofensa: él hatenido a mi mujer y yo entiendo tenerte a ti. Si tú no quieres, tendré que cogerlo en ello y como no pienso dejar esta ofensa sin castigo, le daré uno con el que ni tú ni él estaréis nunca contentos.

     La mujer, al oír esto, y luego de muchas confirmaciones que le dio Zeppa, creyéndole, dijo:

     _Zeppa mío, puesto que esta venganza debe caerme encima, estoy contenta de ello, siempre que hagas que esto que debemos hacer no me enemiste con tu mujer tal como yo espero seguir en paz con ella a pesar de lo que me ha hecho.

     A quien Zeppa contestó:

     _Con seguridad eso haré; y además de ello te daré una joya tan hermosa y preciada como ninguna otra tienes.

     Y dicho esto, abrazándola y comenzando a besarla, la echó sobre el arcón donde estaba encerrado su marido, y allí encima, cuanto le plugo se solazó con ella y ella con él. Spinelloccio, que en el arcón estaba y había oído todas las palabras dichas por Zeppa y la respuesta de su mujer, y luego había sentido la danza trevisana que le bailaban sobre la cabeza, durante un rato grandísimo sintió tal dolor que le parecía morir; y si no fuese porque temía a Zeppa, le habría gritado a su mujer un gran insulto, así encerrado como estaba. Luego, pensando mejor que la injuria la había empezado él y que Zeppa tenía razón en hacerle lo que le hacía y que hacia él se había comportado humanamente y como amigo, se dijo a sí mismo que debía ser más amigo que nunca de Zeppa, si éste quería. Zeppa, después de estar con la mujer cuanto quiso, bajó del arcón, y pidiéndole la mujer la joya prometida abriendo la alcoba, hizo venir a su mujer, la cual no dijo otra cosa sino:

     _Señora me habéis dado un pan por unas tortas _y lo dijo riéndose_. A quien Zeppa dijo:

     _Abre ese arcón _y ella lo hizo; dentro del cual enseñó a la señora a su Spinelloccio. Y largo sería de decir cuál de los dos se avergonzó más, si Spinelloccio viendo a Zeppa y sabiendo que sabía lo que él había hecho, o la mujer viendo a su marido y conociendo que él había oído y sentido lo que le había hecho sobre la cabeza.

     A la cual dijo Zeppa:

    _Aquí está la joya que te doy.

     Spinelloccio, saliendo del arcón, sin gastar muchas palabras, dijo:

     _Zeppa, estamos igualados, y por ello está bien, como le decías antes a mi mujer, que sigamos siendo amigos como solíamos: y no teniendo entre nosotros nada que no sea común sino las mujeres, que también las mujeres compartamos.


     Zeppa estuvo contento, y en la mayor paz del mundo almorzaron los cuatro juntos; y de entonces en adelante cada una de aquellas mujeres tuvo dos maridos y cada uno de ellos tuvo dos mujeres sin que tuvieran nunca ninguna discusión ni enfado por aquello.


El de El Corbacho (Arcipreste de Talavera): 

[Ejemplo 5]

Una mujer tenía un hombre en su casa, y sobrevino su marido y húbole de esconder tras la cortina. Y cuando el marido entró dijo: «¿Qué haces, mujer?». Respondió: «Marido, siéntome enojada». Y asentose el marido en el banco delante la cama, y dijo: «Dame a cenar». Y el otro que estaba escondido, no podía ni osaba salir. E hizo la mujer que entraba tras la cortina a sacar los manteles, y dijo al hombre: «Cuando yo los pechos pusiere a mi marido delante, sal, amigo, y vete». Y así lo hizo. Dijo: «Marido, no sabes cómo se ha hinchado mi teta, y rabio con la mucha leche». Dijo: «Muestra, veamos». Sacó la teta y diole un rayo de leche por los ojos que lo cegó del todo, y en tanto el otro salió. Y dijo: «¡Oh hija de puta, cómo me escuece la leche!». Respondió el otro que se iba: «¿Qué debe hacer el cuerno?». Y el marido, como que sintió ruido al pasar y como no veía, dijo: «¿Quién pasó ahora por aquí? Pareciome que hombre sentí».

Dijo ella: «El gato, cuitada, es que me lleva la carne». Y dio a correr tras el otro que salía, haciendo ruido que iba tras el gato, y cerró bien su puerta y tornose, corrió y halló su marido, que ya bien veía, mas no el duelo que tenía. Pues así acostumbran las mujeres sus mentiras esforzar con arte.



Ahora leed (aunque estén en orden distinto) las versiones de los mismos cuentos de nuestra amiga Doña Margarita:



NARRACIÓN VI

SUTILEZA DE UNA MUJER QUE HIZO EVADIRSE A SU AMIGO CUANDO SU. MARIDO, QUE ERA TUERTO, IBA A SORPRENDERLES

Hubo una vez cierto mayordomo de Carlos, el último duque de Alensón, que había perdido un ojo y estaba casado con una mujer mucho más joven que él, y a quien su señor y su señora amaban tanto como merecía por el puesto que ocupaba en su casa; y no podía ir, tan frecuentemente como hubiera querido, a ver a su mujer. Esto dio ocasión a que ella olvidara su honor y su conciencia y se enamorase de un hidalgo, amores que a la larga hicieron tanto ruido que el marido acabó por enterarse, pero no podía creerlo por las grandes muestras de afecto con que su esposa lo recibía. Aún así, un día, pensó que debía hacer una prueba y vengarse, si podía, de quien le hacía tal afrenta. Para conseguirlo fingió que se iba a cierto lugar próximo para dos o tres días. Creyéndose que había ido, su mujer envió a buscar a su amante, y no habría pasado ni media hora cuando llegó su marido, que llamó fuerte a la puerta. Ella, conociéndole, advirtió a su amante, que hubiera querido estar en el vientre de su madre y que maldecía de ella y del amor, que le habían colocado en semejante peligro. Aquélla le pidió que no se preocupase y que ella encontraría el modo de hacerle salir sin vergüenza ni daño y que se vistiese lo más rápidamente posible.

Mientras tanto, el marido llamaba a la puerta y gritaba tan alto como podía. Ella fingía que no le conocía y gritaba al criado: "¿Por qué no os levantáis y vais a hacer callar a los que llaman a la puerta? ¿Son éstas, horas para venir a molestar a casa de gentes de bien? ¡Si mi marido estuviera aquí ya os guardarías!" El marido, al oír la voz de su mujer la llamó lo más alto que pudo: "Esposa mía, abridme. ¿Me vais a hacer permanecer aquí hasta el amanecer?" Y cuando vio que su amigo estaba en condiciones de salir, abrió la puerta y empezó a decir a su marido: "¡Oh esposo mío!, qué contenta estoy de que hayáis venido; estaba soñando algo maravilloso como no se puede imaginar. Soñaba que habías recuperado la vista de vuestro ojo". Y abrazándolo y besándolo lo cogió por la cabeza y tapó el ojo bueno mientras le preguntaba: " ¿No , veis mejor que de costumbre?" Y mientras no veía ni gota hizo salir a su amigo, lo que el marido sospechó y le dijo sin poderse contener: "Mujer, nunca más estaré a tu acecho, pues queriendo engañarte he recibido el engaño más fino que nunca se ha inventado. Dios quiera castigarte, pues no hay hombre que pueda dar órdenes a la malicia de una mujer si no es matándola. Pero ya que el buen trato que te he dado no ha podido servir para tu enmienda, puede ser que el despecho que te demostraré de hoy en adelante te castigará". Y diciendo esto se fue y dejó a su mujer muy desolada. Mas después, por oficios de parientes, amigos, excusas y lágrimas, aún volvió a su casa junto a ella "Por todo lo cual podéis ver, señoras mías, cuán pronta y sutil es una mujer cuando se trata de escapar de un peligro. y si para encubrir un mal encuentra remedio con tanta prontitud, para evitarlo o para hacer algún bien, su espíritu sería aún más sutil: porque el buen espíritu, como siempre oí decir, es el más fuerte".


NARRACIÓN   III

DE COMO EL REY DE NÁPOLES.  DESPUÉS DE ABUSAR DE LA MUJER DE UN HIDALGO, LLEVA LUEGO EL MISMO LOS CUERNOS

-Señoras _dijo Saffredant  -, dado que me siento envidiado compañero de fortuna de aquél cuya historia quiero contaros, diré que, en la villa de Nápoles, en tiempos del rey Alfonso, cuya lascivia era el espectáculo de su reinado, había un hidalgo, tan honrado, apuesto y agradable, que por sus perfecciones un anciano caballero le otorgara a su hija, que en nada desmerecía de su marido por su belleza y buenas prendas. El cariño entre ambos era grande, hasta un día de carnaval en que el rey fue, vestido de máscara, por las casas, esforzándose todos por hacerle la mejor acogida posible. Y cuando llegó a la de nuestro hidalgo, aún fue agasajado mejor que en ningún otro lugar, tanto en confituras como en canciones y disfrutó de la compañía de la más bella mujer que el rey había visto hasta entonces. Y, al fin del festín, cantó con su marido una canción con tal gracia, que su belleza aumentó. El rey, viendo dos perfecciones en un cuerpo, no halló placer en el dulce acuerdo que existía entre ambos esposos, sino que dio en pensar cómo podría romperlo. Y la dificultad que encontraba era el gran cariño que veía entre los dos. Por lo que conservó esta pasión en su corazón lo más encubierta posible. Pero, alimentándola en parte, mandó hacer fiestas a todos los caballeros y damas de Nápoles, en las que no eran olvidados el hidalgo y su mujer. Y como quiera que el hombre cree gustoso lo que quiere creer, al rey le pareció que la dama le miraría con mejores ojos si la presencia del marido no pusiera impedimentos. Y, para comprobar si su pensamiento era cierto, envió al marido en comisión a un viaje a Roma para unos quince días o unas tres semanas. Y así que estuvo fuera, su mujer, que hasta entonces no se separara de él, manifestó una gran pesadumbre, de la que fue consolada por el rey con la mayor asiduidad posible, con sus dulces persuasiones, con presentes y regalos, de manera que no sólo se sintió consolada, sino incluso contenta de la ausencia de su marido; y antes de trascurridas tres semanas en que éste debería estar de regreso, tan enamorada estuvo del rey que lamentaba el regreso de su marido tanto como lamentó la ida. Y, no queriendo perder el favor del rey, entre ambos acordaron que cuando su marido fuera a sus fincas campesinas, ella lo haría saber al rey, que seguramente podría ir a verla en secreto de modo que el hombre (a quien ella temía más que a su propia conciencia), no se sintiera herido. En esta esperanza se mantuvo contenta la dama; y cuando su marido llegó, le dispensó tan buena acogida que, por mucho que él había escuchado durante su ausencia que el rey la requería, no pudo llegar a creerlo. Mas, al paso del tiempo, este fuego tan difícil de ocultar comenzó poco a poco a mostrarse, de modo que el marido bien pronto se malició la verdad y se mantuvo al acecho hasta que estuvo con- vencido. Pero, en el temor de que aquel que lo injuriaba no le hiciera mayor mal, se hizo el desentendido, forzándose a disimular, ya que estimaba en más vivir mohíno que arriesgar su vida por una mujer que tan poco lo amaba.

No obstante, en su despecho, pensó devolver la moneda al rey, si ello le era posible, y sabiendo que el amor asalta principalmente a aquellas personas que tienen el corazón grande y generoso, tuvo la audacia un día, hablando con la reina. de decirle que sentía gran pesar de ver que no era amada por su marido todo lo que ella merecía. La reina, que oyera hablar de la amistad entre el rey y su mujer, le contestó: "No puedo tener el honor y el placer al mismo tiempo; sé bien que tengo el honor, y en esto reside mi placer; en cambio, aquella que tiene el placer, no tiene el honor que yo tengo". El, que bien supo a quien se referían sus palabras, respondió: "Señora, el honor ha nacido con vos, que sois de casa principal, y ni siquiera siendo reina o emperatriz se podría aumentar vuestra nobleza; pero vuestra belleza, gracia y honestidad son tan de estimar que, quien quiera que os arrebata lo que os pertenece comete mayor falta que vos; porque, por una gloria que torna en vergüenza pierde todo el placer que vos o cualquier dama de este reino pudiera tener; y puedo deciros, señora, que si el rey no portara la corona sobre su cabeza, bien seguro que no tendría ninguna ventaja sobre mí para contentar a mujer alguna; y estoy cierto de que para satisfacer a tan honorable persona como vos sois, bien quisiera él cambiar la constitución de su. cuerpo por la del mío". La reina, riendo, le respondió: "Por más que el rey sea de -complexión más delicada que vos, el amor que le tengo me contenta tanto que lo prefiero a ninguna otra cosa". El hidalgo le dijo: "Señora, si fuera así, no me tendríais piedad, porque bien sé el contento que tan honesto amor produciría a vuestro corazón si encontrara en el rey un amor semejante; pero Dios os tiene bien guardada a fin de que, no encontrando en aquél lo que pedís, no hagáis de él un dios en la tierra". "Os confieso - respondió la reina - que el amor que le profeso es tan grande que en ningún corazón que no fuera el mío se podría encontrar otro semejante". "Perdonad, señora - contestó el hidalgo -, pero vos no habéis sondeado el amor en todos los corazones y yo puedo aseguraros que hay quien os ama tanto, con un amor tan gran- de y tan insufrible, que no desmerecería junto al que vos sentís; y tanto más crece y aumenta cuando ve el amor que os asalta por el rey que, si vos lo quisierais, os compensaría de todas vuestras pérdidas". La reina, tanto por sus palabras como por su continente, comenzó a darse cuenta de que lo que decía nacía del fondo de su corazón, y a recordar que desde hacía tiempo buscaba él ponerse a su servicio con tal afición que había llegado a estar melancólico; y lo que ella pensara con anterioridad era a cuenta de su mujer, creía ahora firmemente era por amor de ella misma. Y de esta forma, la virtud del amor, que se deja sentir cuando no es fingido, le dio la certeza de lo que estaba oculto para todo el mundo. Y mirando al hidalgo, que era bastante más amable que su marido, y viendo que estaba tan desasistido de su mujer como ella. del rey, presa de despecho y celos de su marido y sintiendo inclinación por el amor del hidalgo, comenzó a decir, suspirando y con lágrimas en los ojos: "¡Dios mío! ¡Tendría que ser la venganza la que consiguiera de mí lo que ningún amor pudo hacer! " El hidalgo, comprendiendo el sentido de sus palabras, respondió: "Señora, la venganza es dulce para quien, en lugar de dar muerte a su enemigo, da vida al perfecto amigo. Me parece que es tiempo que la verdad os haga desechar el fútil amor que profesáis a quien no os ama, y un amor justo y razonable expulse de vos el temor, que nunca se debe dar en un corazón grande y virtuoso. ¡Ea!, pues, señora, dejemos a un lado nuestra condición y consideremos que somos el hombre y la mujer más burlados del mundo, y traicionados por aquellos a quienes más entrañablemente amábamos. Tomemos la revancha, señora, no tanto por darles lo que merecen como por satisfacer al amor, que por lo que a mí respecta no puedo soportar más sin morir de él. Y pienso que, a no ser que tengáis el corazón más duro que guijarro o diamante alguno, es imposible que no advirtáis ninguna chispa del fuego que crece en mí, por más que quisiera disimularlo. Y si vuestra piedad por mí, que muero por vuestro amor, no os incita a amarme, al menos la de vos misma os debe violentar el que, siendo tan perfecta y merecedora de poseer el corazón de todos los hombres honestos del mundo, seáis despreciada y abandonada de aquél por quien habéis desdeñado a todos los demás". La reina, al oír estas palabras, se sintió tan enajenada que, miedosa de mostrar por su continente la turbación de su espíritu, y apoyándose en el brazo del hidalgo, fue a un jardín cercano a su cámara, donde paseó largo tiempo sin poderle decir palabra. Pero el hidalgo, viéndola medio vencida, cuando estuvieron al otro extremo de la avenida, donde nadie podía verlos, le declaró finalmente el amor que durante tanto tiempo ocultara; y, consintiendo los dos en él, gozaron de la venganza, de la que fuera nacida su pasión. Y allí decidieron que, siempre que él fuera a sus alquerías y el rey desde su castillo a la ciudad, volvería él a encontrarse con la reina; así, engañando a los burladores, se reían cuatro participando en el placer que dos querían tener para ellos solos. Hecho el acuerdo, regresaron, la dama a su habitación y el caballero a su casa, ambos con tal contento que olvidaron todas sus penas pasadas. Y del temor que tenían cada uno de ellos de la cita entre el rey y la dama, se tomó en deseo, que hacía ir al hidalgo, más a menudo de lo que tenía por costumbre, a su alquería, que no llegaba a distar media legua. Y así que el rey lo sabía no dejaba de ir a ver a la dama, mientras que el hidalgo, en llegando la noche, se dirigía al castillo a hacer junto a la reina las veces del rey, tan secretamente que nunca se apercibiera nadie de ello.

Esta vida duró largo tiempo; pero el rey, siendo personaje público, no podía disimular tan bien su amor de forma que nadie se enterara. Y todas las gentes de la comarca hacía cuernos a sus espaldas, en señal de burla, de lo cual bien que se daba cuenta. Pero esta burla le placía de tal forma que llegó a estimar los cuernos tanto como la corona del rey, el cual, junto con la mujer del hidalgo, viendo un día una cabeza de ciervo colocada en casa de aquél, no pudo contener la risa delante de él, diciendo que aquélla adornaba mucho en aquella casa. El hidalgo, que no tenía mejor entraña que él, vino a escribir sobre la cabeza: " lo porto le corna, ci ascun lo vede; ma talle porta chi no lo crede". El rey, cuando en otra ocasión volvió a la casa, encontró la leyenda recientemente escrita, y preguntó al hidalgo su significado, diciéndole éste: "Si el secreto del rey está oculto al ciervo, no hay razón para que el del ciervo sea conocido del rey. Pero contentaos con saber que no todos los que llevan cuernos van sin birrete en la cabeza, que algunos son tan tiernos que no destocan a nadie , y hay quien los lleva con tanta holgura que no le importa tenerlos". El rey supo inferir de estas palabras que aquél conocía algo de su asunto, pero nunca sospechó de la amistad entre la reina y él, con lo que la reina tanto más contenta estaba de la vida de su marido cuanto más fingía estar triste.


Y así vivieron largamente de una y otra parte en amor y compañía, hasta que la vejez vino a poner orden en todo ello.

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